Veinte años sin verte

Tómese el presente como una excepción que no se repetirá salvo una cuestión que ojalá no ocurra antes que ya no esté en condiciones de volver a escribir en este blog.

Foto personal
Foto archivo personal

Son hoy ya veinte años sin verte.

Sin quejarme de la mía, tienes una suerte que yo no tengo. Tú sigues sabiendo todo de mí, mientras yo solo te intuyo de tanto en tanto. La ceremonia del asado por las noches, cosa que hago poco últimamente, son de esas ocasiones. Al cuidado del fuego, con la copa de vino que me gustaría estar compartiendo contigo, te siento presente. Entonces te extraño, pero, fundamentalmente, vuelvo a disfrutarte.

De mi no te cuento nada, no solo ya lo sabes todo sino que me conoces como nadie. Ya sabrás que luego de tu partida llegaron cinco hijos de nuestros hijos y otro viene ya en camino. Una felicidad que tu bien conoces y yo comienzo a disfrutar.

Hay muchas otras cuestiones que me hacen ser feliz, pero déjame compartir contigo que me enorgullece cuando escucho hablar de ti. Me gustaría lo pudieras escuchar aunque se que eso no ha sido nunca lo que te ha movido. Siempre pensando en los demás. Nosotros, tus amigos y aún quienes no lo han sido, saben bien de esa tu enorme característica personal.

Debo confesarte que no me hace sentir del todo bien lo que hoy nos toca vivir. Pareciera que faltase amor y sobrara descaro para menospreciar aptitudes fundamentales como el respeto, la tolerancia, la honestidad, la humildad, la justicia, la solidaridad, el arrepentimiento o el perdón.

No sé si el paso de los años me ha cansado un poco, pero todo aquello me tiene un poco asfixiado y una vez más esto me hace volver a ti.

Como no recordar cuando solos, en la intimidad de la sala de la clínica donde luchabas por tu vida, cuando parecía que ya no querías continuar, sin respetar tu estado de inconciencia, te hablé, o quizás me hable, vaya uno a saber. Con el corazón en la mano, pero sin guardarme nada, te dije que no podía entender tu abandono, tu falta de lucha. No te reconocía. Olvidándome que no eras tú, sino tus pulmones los que te querían plantear el retiro anticipado, te increpé. Esa no era la persona a quien yo conocía. Tu me habías enseñado que la vida es amor, pero que también es esfuerzo. Que uno debe reponerse ante la adversidad y seguir luchando a pesar de todo. No soporté verte así en aquel momento y te grité, te imploré que vuelvas a tus principios, que no dejases de luchar.

Te despedí con un beso que no sé si tu registraste aquella tarde, nunca volvimos a referimos a aquel encuentro en todos los años que luego se sucedieron y que la vida nos regaló como una merecida yapa. Confieso que no toda la que me hubiera gustado.

Fue bueno saber que seguiste siendo el de siempre hasta el último de tus días. No estuve allí en ese momento pero supe que así fue, estabas de pié, un linda mañana del fin del otoño de hace veinte años y así, de repente, te fuiste. Estoy seguro no lo querías, pero tu corazón ya no daba para más. Demasiado amor prodigado en tan solo setenta años.

No me vieron llorar cuando abrazado a uno de tus nietos putée en el momento final, tu sabes que mi corazón estaba partido y las lágrimas que no se vieron fueron un mar que bañaron mis entrañas.

Te recuerdo con mucho placer en esta linda mañana de otoño, un poco más fría tal vez que aquella de hace veinte años, pero cobijado en el calor que me provoca esta evocación.

Querido viejo, no te preocupes, se que hoy que es hora de redoblar los esfuerzos, no solo porque me lo enseñaste tantas veces, sino porque tus nietos, bisnietos y todos los que los seguirán merecen esa actitud.

Te espero en el próximo asado. No soportaría tomarme ese vino solo.

Arturo

02/09/2013