Lucas y la evidencia de una Argentina que parece resignarse a no querer ser un país digno.

El ferrocarril Sarmiento nos pone ante la disyuntiva de la decadencia Argentina y la añoranza de lo que pudo ser. De aquel tren que fuera para muchos la orgullosa llave de “contacto con el mundo” al infierno tan temido que padecen hoy millares de habitantes todos los días.

 

Enrique Marcarian - Reuters

Nací en Liniers hace ya poco más de sesenta años. Vivir en Liniers asignaba al tren un papel importante en nuestras vidas. Era nuestro gran “contacto con el mundo”, básicamente, nuestro medio para “ir al Centro”.

Ir al Centro era fundamental para nuestros padres  que en Once combinaban con los colectivos que los acercaban finalmente a su lugar de trabajo. Para nosotros, en aquel entonces los pequeños,  ir al Centro era lo que hoy sería ir al shopping, al cine, o a un teatro.

Pasear por Florida, la Av. Santa Fé, visitar el zoológico, ir a los grandes espectáculos, todo un mundo por descubrir. Un mundo a nuestro alcance merced al tren.

Era un placer viajar en ellos, ya en sus vagones de primera o en los de segunda. En ambos se viajaba como nadie hoy podría creer, unos con asientos de madera y otros con asientos tapizados. Limpios, sin huellas de desmanes, donde el saludo entre los pasajeros era una norma habitual.

¿Donde están aquellos trenes? ¿Donde estamos los que formábamos parte de ese orgullo que era viajar al Centro en tren? ¿Qué cosas nos han pasado que nos permiten tomar como natural que los trenes sean lo que son?

Lo sabíamos casi tan bien como lo saben todos los máximos responsables de lo que acaba de ocurrir. Viajar en tren es una locura cotidiana. Las autoridades lo sabían por supuesto mejor que nosotros, con el agravante que tienen toda la responsabilidad de lo que ha ocurrido, de lo que todavía no ocurrió, podría ocurrir y ojala nunca ocurra.

¿Es que nos cabe alguna duda que la corrupción, la desidia, la falta de principios y valores viene corrompiendo nuestra sociedad desde hace años y a pesar de nuestras dialécticas y diatribas, las cosas solo empeoran así que transcurre el tiempo?

Ya casi no nos quedan recuerdos de la honestidad como un valor indiscutible. Baste como muestra que a modo de distinción decimos de alguien, es loco, pero la verdad, es un tipo honesto. Como si eso fuera suficiente para hacerlo un distinto entre nosotros. Un Primus inter Pares.

Pareciera ser una cuestión de mera popularidad. La deshonestidad, la vileza, la argucia, la mentira y la falta de respeto por el otro se han impuesto por sobre los valores sobre los que nuestros abuelos y padres construyeron lo que nosotros estamos empeñados en destruir.

En aras del progreso, de una vida mejor, pareciera hemos perdido lo fundamental. No solo nuestros valores y principios, los que ya no sabemos muy bien donde los hemos dejado, sino que hasta pareciera hemos perdido la esperanza. De no ser así no se justificaría nuestra actitud. La pasividad y el silencio, ya por obsecuencia o temor, se han apoderado de nosotros.

Es que ya no usamos el tren, ahora tenemos autos de alta gama; los ventiladores solo si el diseñador considera que le da un toque cool al ambiente, sino aire acondicionado; ya no compramos el kerosene para poder encender la estufa por la noche, calefacción a full todo el día y si hace calor abrimos un poco la ventana; ya no vamos a la casa del vecino que tenía la única TV de la cuadra para ver el Cisco Kid, ahora nos ufanamos de tener el último televisor de led con high definition; antes teníamos principios y valores ahora, pareciera que ya no tenemos ni vergüenza.

Es absolutamente cierto que la responsabilidad no es igual para todos, pero eso no debiera facilitarnos caer en la tentación que nosotros no tenemos ninguna.

Muchos de nosotros, los que no nos falta para vivir; mandamos a nuestros hijos a colegios privados; tenemos una casa y a veces más de una; no ya veraneamos todos los años sino que además nos tomamos cuanto fin de semana largo se nos presenta por delante; cambiamos el auto cada vez que hace falta mostrar el modelo nuevo; tenemos algún ahorro, ya aquí como allá; compramos los mejores vinos aunque nos dé igual tomar uno de veinte mangos; los que no podemos dejar de tener no ya lo que necesitamos sino lo que “hay que tener” aunque no sepamos bien porque; muchos de nosotros, tenemos algún grado de responsabilidad y de alguna manera u otra, “somos cómplices”. De que otra manera llamar a no ser capaz de decir en público lo que nos cansamos de decir en privado, de decir una cosa y actuar de otra manera.

La Argentina “esta condenada al éxito” dijo uno resumiéndonos acabadamente. Es que “esa condena” pareciera ser la excusa que nos convierte en pasivos observadores de una realidad que muchos padecen, algunos criticamos y pocos parecieran intentar modificar.

La causalidad me puso hoy frente a la televisión en momentos en que los padres de Lucas daban a conocer su Carta Abierta. Desde el dolor que uno puede imaginar se puede sentir en situaciones como las que a ellos les toca vivir, uno podría decir que se dijeron las cosas que se mencionaron solo porque ya no hay nada que perder.

Es una forma de ver las cosas, pero, como siempre, hay otra manera de hacerlo y, ése, es el gran desafío, aún cuando eso nos cueste algún sacrificio o alguna amenaza de algún loco decente.

Nuestros viejos no actuaron como lo estamos haciendo nosotros. Su palabra era todo, valía como nada. La mentira y el engaño no eran aceptados.

Nos enviaban a la escuela pública no solo porque no hubieran tenido como pagar los colegios privados que hoy florecen como yuyo y no son capaces de brindar el nivel de enseñanza que supimos recibir en los colegios del estado. Íbamos a los hospitales donde nos atendían como seres humanos con la abnegación y dedicación que no pueden brindar hoy los profesionales que atienden a cientos de pacientes por día por una mísera paga que no les permite llegar a fin de mes. La puerta de nuestras casas se cerraba con llave antes de ir a dormir y se abría cuando salía nuestro padre a trabajar antes que nosotros saliéramos para el colegio. Todo el día con la puerta abierta. El vigilante de la esquina y principalmente nuestros valores y principios hacían el resto.

Eran tiempos donde la educación, la salud, la seguridad y los servicios públicos en general eran responsabilidad del estado y patrimonio de todos. Nada de eso es realidad ya.

El Sarmiento, como tantas otras vergüenzas nacionales, nos resume como nada.

Tenemos la posibilidad de construir un país que nos reconcilie con nuestros ancestros y sobre todo nos haga sentir que nuestro paso por esta vida ha tenido algún sentido más allá de los apetitos desmedidos que nos sumen en una vida cada vez más llena de cosas superfluas sin dar soluciones a las cuestiones de fondo.

Un país mejor necesita un mayor compromiso de quienes elegimos y, principalmente, de aquellos que finalmente sean los elegidos para conducir los destinos de un país lleno de gente que sufre todos los días la falta de compromiso de quienes pudiendo hacer se conforman con permanecer.

Resulta inaceptable aceptar que pidan saber quienes son los responsables de hechos como en este caso el del accidente de Once, aquellos que como nadie, no solo son responsables de los mismos, no solo tiene los medios para evitar que hubieran ocurrido, sino no que tienen vergüenza alguna en pretender colocarse en el papel de víctimas.

“Nunca más” ha sido la consigna que el fiscal Strassera popularizó, resumiendo lo que los argentinos decidimos no volviera a ocurrir en cuanto a las formas de acumular y ejercer el poder, establecidas durante la dictadura del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional”.

A casi treinta años de semejante conquista tal vez comience a llegar el tiempo de un nuevo proceso de Nunca Más, donde la corrupción, la traición a la patria y el incumplimiento de los deberes de funcionario público merezcan un tribunal del estilo del que fuera constituido para juzgar a las Juntas Militares responsables del mencionado Proceso de Reorganización Nacional.

Como en aquel entonces, depende de nosotros.

 

Febrero 27 de 2012